La Vida Hermosa

Al atardecer, el ruidoso timbre sonó a través de la casa bastante grande, bastante cómoda. La mujer delgada echando una siesta en el sofá, se despertó casi inmediatamente—para ella, parecía más o menos extraño que el timbre sonaba a esa hora bastante tarde, pero, a pesar de su preocupación inicial, se levantó de su descanso con la fluidez asombrosa, sonriendo, mostrando sus dientes casi perfectos, porque a ella le gustaba las sorpresas. Empezó a caminar hacia la entrada bella, en donde se podía ver sus propias fotos colgadas en la pared de color gris—unos de su familia, unos de su país natal, unos de su exnovio, John, colgados al lado de su diploma y otras licenciaturas.

Llena de esperanza pura, ella abrió la puerta de madera. El viento frío tocó su cara impecable y con un gesto fluido casi inmediato, ella recogió el paquete grande puesto encima del patio. Con una sonrisa brillante, ella cerró la puerta rápidamente, y llamó, en voz alta, a su mejor amiga, cantando en un tono alegre: “mi amor, ven acá, por favor”. Y con una sonrisa de pura felicidad, se sentó en el sillón de cuero con sus tijeras, preparada para que las dos chicas pudieran abrirlo juntas. Cerró la pantalla de su computadora para no distraerse con las tareas del objetivo actual, el objetivo de abrir su regalo especial. Cinco años después de graduarse de una universidad renombrada, ella ya era una autora destacada, logrando un nivel bastante alto de éxito, pero, para ella, eso no parecía satisfactorio. A ella no le importaba las cosas materialistas—los cuales los hombres les daban frecuentemente—pero, para ella, importaba sólo uno, su querido John.

Pero, por desgracia, el hogar de tres pisos se quedaba silencioso, sólo se pudo escuchar el sonido de la estufa, y el viento de afuera. “¿Amor?” ella susurró y aunque la casa se quedaba silenciosa, después de un rato, de nuevo, llamó: “Sophie”, pero la mujer no recibió una respuesta. A pesar de eso, ella decidió abrir el paquete rojo puesto enfrente de ella en la mesa. Por la falta extraña de su amiga mejor, el humor de la mujer se bajaba un poquito, pero sus sentimientos desaparecieron rápidamente cuando ella visualizaba quién hubo enviado el paquete rojo. “Mi exnovio, por supuesto”, ella pensó con nostalgia, recordando los viejos tiempos—su toque amable, su olor dulce, su vista atenta, sus falsas “parasiempres”. Y, de hecho, la fecha fue el catorce de febrero—el día de San Valentín, un día de amor, de compasión, ¿de perdones? ¿de nuevos cuentos?

Temblando de emoción, abrió el paquete con la felicidad que podría eliminar toda la tristeza de nuestro mundo circundante. “Sí, yo sé que él no me ha olvidado”, ella pensó. Pero, el paquete fue vacío—sólo una pequeña notita plegada se quedaba al fondo. Y, como una tormenta repentina o inesperada, ella sintió el peso del mundo entero—cada injusticia que inflige castigo injustificado, todas las lamentas y las quejas de la gente herida, el peso de cada lágrima. Y con su alma en ruinas, leyó la nota:

Hola. Aunque me dueles a ratos, no te extraño. Y te quisiera decir que he encontrado un nuevo amor, algo mejor que tu pudieras ofrecer. Gracias por todo, mujer, pero ya no me importas. Espero que usted tenga un buen San Valentín, uno de soledad.   – John

Sus palabras le pegaban como un huracán. Llorando fuertemente, su cuerpo débil temblando con el dolor de un corazón roto, rápidamente alcanzó por su cuaderno rojo, en donde ella le gustaba apuntar casi todo. Y al recogerlo, empezó a hacer una lista de consejos, pintando esas palabras encima de la página decimocuarta: “primero, no te apresures y ten paciencia”. Y con esos gestos pequeños, el sabor de la justicia se crecerá dentro de su boca—un sabor dulce sin desprecio para su examante. “Bye, John”, ella susurró por la última vez, derramando su última lágrima. De esa manera, lentamente, paso a paso, ella se separaba de su tristeza. Se abrió un nuevo capítulo de su vida, literalmente tanto como metafóricamente.

FIN

Si echamos un vistazo a la mujer, quien se llamaba Savannah, años después, podemos decir, con seguridad total, que ella tenía y que ya tiene dos caras. Una de felicidad, una de la tristeza. Uno de éxito, uno de fracaso—los cuales no existían sin el otro. Un desorden bello, lo más bello del mundo. La imperfección hermosa, la imperfección humana. Caos. La historia era increíble y conmovedora, desde mi perspectiva, porque, en efecto, se impuso a todos, porque era sustancialmente cierta.