Autoficción: Pas de Lupus

Pas de Lupus
por: Nicole M. Méndez Bonilla​

 

      Crecí de casa en casa. De una “humilde”, en Puerto Nuevo, a la casa de mis abuelos paternos, en Río Piedras. De ahí, a un townhouse en Bayamón y luego a la casa de mis abuelos maternos, hasta llegar a la pequeña casa en Santana que ahora guarda mi corazón—con matas de plátano en el patio de atrás y recogiendo recao para poder cocinar. En un pueblo donde todos saben responder a un “Dios te bendiga”, visitando mi hermosa iglesia frente al mar. Crecí bailando, cantando y pasando las noches sentada con mi papá frente a su piano; preguntándole a mi madre por qué la vida no era un musical. Crecí con mis padres empujándome a ser valiente y pullandome para dar cada vez más. Crecí siendo la hija perfecta: nieta de un obispo, estudiante de excelencia, con pensamientos de, tal vez, ser doctora o psiquiatra.

     Si tan solo me vieran ahora. En el baño del sótano de la escuela de artes, hiperventilando con mis puntas puestas y mi dona hecha mientras la música clásica—que me ama mientras me odia retumba—por el pasillo. Intento controlar mis emociones para evitar que mis pestañas postizas se despeguen. Luego de unos minutos, lo logro. Respiro hondo, orando que el dolor en mi rodilla izquierda y la tensión que crea en mi pierna baje antes de tener que estar en escena.

     -”¿Dónde está Méndez?”

     Me aseguro de que mi maquillaje esté bien y le pongo peso a mi pierna izquierda, controlando el temblor que viene con la desesperación de sentir dolor. Después de escuchar a las chicas explicar mi ausencia, escucho a mi profesor tocar la puerta del baño.

     -”¿Se puede?”

     -”Sí.”

     Y con la misma confianza con la que nos grita y nos da, entra al baño color rosa despintado que nos identifica como bailarinas del barrio y no de academia en Guaynabo. Me paro derecha como todo una bailarina, mi cara profesional intentando esconder el estrés que se refleja en los espasmos de mis hombros.

     -”¿Qué pasó, Nicole? Vamos, tu no eres así.”

     Su voz baja y preocupada me hace olvidar todos los corajes y los insultos del último mes. Y por un momento pienso que tengo la oportunidad para volver a brillar como un diamante escondido en el lodo frente a su mirada intensa. Pero la lógica, la ciencia y el tiempo están en mi contra, y mi mente lo sabe aunque mi corazón no.

     -”Nada, solo estoy un poco estresada. Pero estoy bien.”

     -”Últimamente lo único que escucho salir de tu boca es la palabra estrés.”

     Mi mirada baja a mis pies pequeños y apretados entre yeso y madera y siento su mano pesada en mi hombro, como un entrenador intentando transmitir fortaleza a su aprendiz, pero que solo me drena aún más.

     -”Yo sé que tu eres muy privada con tus cosas, Méndez. Y es admirable y hasta profesional, pero si hay algo que está mal, dilo.”

Mi corazón pelea con mi esternón, intentando salir a responder. A decir cuánto deseaba ser su estudiante estrella. Y a pelear porque estaba segura de cuantas veces y a cuántas más le había dicho lo mismo. Muevo mi cabeza, dejándole saber que entiendo lo que me dice.

     -”Dale que tu puedes. Tu eres fuerte, la mayor de tu grupo. Hay que dar ejemplo, y si tu no puedes ellas no podrán.”

     Alzo mi cabeza como para permitir que mi pecho se llene de orgullo y firmeza. Y lo miro a los ojos en preparación para la competencia invisible entre las chicas en mi grupo. Las amo, pero si lloro mucho se me adelantan y eso no puede suceder.

     Entonces, mirándome en el espejo una vez más, respiro hondo. Cierro mis ojos pesados y repaso mentalmente el baile que estaba entrelazado en mi memoria muscular para sentirme segura al salir hacia el teatro.

     Sous-sus, passe, plie, quinta, sous-sus, passe, plie, estira, sous-sus, échappé, sous-sus, échappé.

     El principio es fácil y una vez sabes el principio, el resto fluye con la música. Parándome derecha salgo del baño y me dirijo hacia la parte de atrás del teatro. Las puertas pesadas de metal que esconden la parte más mágica de ser un artista me dan la bienvenida agridulce y adictiva que extrañaré al graduarme. Escucho las puertas del camerino abrirse detrás de mí y veo a mis chicas favoritas salir.

     -”¡Nicole! No te encontrabamos.”

     -”Estaba en el baño.”

     -”Bueno pues vamos a entrar porque ya mismo nos toca salir. Creo que falta un baile nada más para rusas.”

     Entrar al teatro siempre es una experiencia por si sola. Las chicas cambiándose entre sombras, las chiquitas sentadas intentando mirar los bailes por las patas, los técnicos caminando sobre tu cabeza, los cambios de luces, el olor a polvo de bebé y los susurros que insultan y celebran las piruetas logradas por otras. Es algo indescriptible e imposible de recrear en otro espacio. Era una pena todo el tiempo que perdí de esto llorando por pastillas y rindiéndome a los dolores causados por un sistema inmunológico rebelde. Debí de ignorar la fatiga y manejar los huesos dolorosos. Debí de aguantar. Pero ya era muy tarde. Permití que mis pastillas arrancaran las zapatillas cosidas de mis manos, que el dolor me sofocara y que la ansiedad me dominará. Y ya no había espacio para mi en el único lugar donde pensé que lograría encajar.

     -”Rusas, ya mismo les toca.”

     Mi corazón acelera su ritmo al acomodarme detrás de una pata a esperar para entrar en escena. Acomodo mi tiara y me trepo sobre las puntas de mis pies intentando calentar un poco antes de salir. No debí de perder mi tiempo llorando.

     -”Mucha mierda, Nicole.”

     Me viró en dirección al susurro. Inclinando mi cabeza en acción de gracias. Y al ver el escenario vacío, miro a la pata frente a mí, al otro lado del escenario y acomodo mis brazos en la posición correcta. Y sonriendo con ojos brillosos acepté que si sería mi último baile, lo haría el mejor.

     5, 6, 7, 8, entra