Ese Amor Especial

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Ese amor especial

A lo largo de toda nuestra existencia conocemos una infinidad de personas. Todas por diferentes circunstancias, estudios, trabajo, grupos sociales, familia, entre otros. Muchas de estas personas desde su llegada a nuestra vida van aportando al desarrollo de nuestro ser, ideas, costumbres y creencias. Algunas permanecen periodos más largos, otros periodos más cortos. Cada una de esas personas dependiendo el lugar que le demos va desarrollando un amor especial. Unos lo traen ya de fábrica mientras otros lo van creando con el pasar de los días y etapas vividas.

También están esos amores que estuvieron y por circunstancias de la vida ya no se encuentran físicamente entre nosotros. Esos se quedan contigo estés donde estés y sabes que te vigilan y cuidan a toda hora, minuto y segundo, a ellos dedico este escrito.

Gran parte de mis recuerdos de niña fueron en la casa de mis abuelos paternos donde me crie desde el momento que llegué a este mundo. En casa aprendí de todo, a comer tan pronto la comida estaba lista, bañarme antes que cayera el sol, a comer arroz de piedra, a pelar gallinas para hacer caldos, a coger pollitos de las gallinas (no se los recomiendo) tumbar mangos, guayabas, panas, aguacates, diferentes tareas de hogar y a compartir y pelear con mis primos y hermano (como olvidar). Tanto mi abuelo como mi abuela fueron grandes influencias y aunque ya hace varios años que ambos partieron de este mundo físico dejaron una huella especial en mí.

Su partida sin duda alguna fue dolorosa una más que otra ya que era pequeña cuando mi abuelo partió y no cuento con tantos recuerdos.  Sin embargo, la partida de mi abuela si la sentí, era la primera vez que experimentaba el dolor de perder alguien que has tenido siempre de tu lado. El pensar que ya no escucharas su voz, no podré irla visitar los domingos y discutir los problemas del país (sabia más que yo de los que pasaba en esta isla), no poder tocarla y hacerle maldades cada vez que la veía o simplemente verla comer sus adorados chayotes (los cual siempre peleaba con ella ya que para mí no sabían a na’) me partió el alma ese mes de noviembre y pensarla hoy aun duele, menos, pero duele, digamos que ya “me acostumbre”.

Viajar por cada recuerdo, cada compartir con ella es algo que siempre me saca una sonrisa y me ayuda a pausar. Vivimos un tiempo tan a la prisa que muchas veces no paramos simplemente para agradecer por lo que tenemos, lo que somos, la familia o simplemente por estar aquí.  Hace dos años mi abuela no está físicamente entre nosotros, más aun, sé que el lugar donde se encuentra debe estar de maravilla y velando por cada uno de sus hijos y nietos.

Tengo la dicha de poder decir que cuento con dos de esos amores los cuales me ensañaron tanto. Si en algún momento en este recorrer llamado vida tengo la oportunidad de que alguien me llame abuela estaré tranquila ya que tuve el mejor ejemplo a seguir. Gracias por enseñarme tanto abuela Sila y feliz cumpleaños número 93 (no te puedo llamar, aun así, nunca me olvido del 5 de febrero, sácame de la lista negra). Te amo abuela